Disfruto escribir. Me tranquiliza y me despeja. Lo raro es que no puedo elegir cuando escribir. Es algo que viene y pasa, no lo controlo. A veces me escribo a mi mismo, otras a mis viejos, y hasta alguna vez le escribí a mi novia aunque nunca lo haya leído. Tengo un cuadernito lleno de cosas que salieron de mi mano y que probablemente mueran ahí porque además de gustarme, escribir me da vergüenza. Me parece que involucra demasiadas cosas personales, que te abre mucho al mundo.Y todos sabemos que mientras más nos exponemos, más nos sentimos vulnerables.
En fin, lo fundamental es escribir con sentimiento. No importa si es "lindo" o "feo", porque cada texto es diferente para quien lo lee. Subjetivismo que le dicen. Ojo, escribir con sentimiento no es poner frases cursis y rebuscadas. Es ver como las palabras salen solas de la lapicera como si las estuvieran empujando desde adentro. Salen tan rápido que no llegas a terminar bien las letras y algunas hasta quedan unidas como si se tratara de un nuevo estilo de cursiva.
Ese es uno de los tantos efectos casi mágicos de tomar una hoja y dejar que salga todo. Otro es la sorpresa. Esa sensación, mezcla de ansiedad, excitación, miedo y curiosidad que te nace ahí adentro cuando te dan una hoja escrita de puño y letra. Ese papelito que puede decir tantas cosas que fueron escritas sólo para vos y del cual podes distinguir alguna que otra palabrita que hace que vuele tu imaginación tratando de adivinar la temática del mismo.
Pero un mismo texto te puede sorprender dos veces (o más). Sí. Eso pasa cuando te cruzas con esa carta que ya habías leído y que, según vos, recordas perfectamente pero decidís leer igual por curiosidad. Pero no, te das cuenta que no era tan así como pensabas, o tal vez si la recordabas pero ahora, en este momento, te hace sentir cosas nuevas porque se adapta de otra forma a tu nuevo presente.
Escribí. Escribime.
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